sábado, 12 de agosto de 2017

El incidente de Belén (fragmento incluido en el libro)

Al igual que en el anterior avance, éste "El incidente de Belén" es una revisión de un clasico como es la aparición de los tres reyes de oriente en el portal de Belén que he decidido ampliar añadiendo algunas cosas de mi cosecha como artes marciales, viajes en el tiempo y terribles maldiciones. Espero que el resultado final guste y aquí queda este pequeño fragmento.


"La muchacha se dejó caer boca abajo en la cama. Su cabello rubio se había pegado a su cara con el sudor. Estaba agotada. La escena se había alargado más de lo previsto y además su compañero no le había dado tregua. Tenía la piel blanca como la nieve y ésta estaba cubierta de pequeñísimas gotas de sudor que brillaban bajo la luz de los focos. Giró la cabeza y se incorporó ligeramente, movió el trasero hacia un lado y, dejando ver uno de sus generosos pechos, miró directamente al hombre que de pie junto a ella se colocaba un albornoz. Era Sam, la nueva estrella del cine para adultos; alto, fuerte y con la piel negra como el carbón; su miembro seguía semi erecto y le colgaba hasta las rodillas demostrando que a veces, algunos tópicos raciales son ciertos.
¿Te he hecho daño? —le preguntó Sam a la muchacha.
Sabes que puedo con esto y con mucho más —respondió ella señalando con la vista a su entrepierna antes de echarse a reír.
Sam sonrió al ver que todo había ido bien y salió del decorado abrochándose el albornoz para meterse en su camerino. Había llegado hacía relativamente poco a los Estados Unidos pero muy pronto se interesó por la industria del cine x y decidió instalarse en Silicon Valley, justo al ladito de Hollywood donde los sueños se hacen realidad; tras unas cuantas apariciones en películas del montón, estaba rodando la que sería su mayor éxito: “Tócamela otra vez, Sam”, destinada a convertirse en un gran clásico a la altura de “Garganta profunda” o “Debbie does Dallas”.
Estaba aseándose para la siguiente escena cuando un mensajero le trajo una carta extraña; en el interior de un sobre ordinario de correos había otro, y otro y otro, cada vez más antiguos hasta revelar una nota escrita a mano en un pergamino amarillento. Sam la leyó con interés pues iba dirigida a un tal Baltasar, y hacía más de dos mil años que nadie se dirigía a él con ese nombre.
Treinta minutos para rodar, Sam —le interrumpió alguien desde la puerta.
Creo que tendremos que rodar la última escena ahora mismo —respondió él—. He quedado con un viejo amigo. Aunque me temo que van a ser dos."

NOTA: Este relato, en versión borrador, fue publicado hace unos años en mi blog "El día del testículo". En el libro "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" estará la versión corregida, revisada y reescrita.

sábado, 5 de agosto de 2017

Fragmento de "La venganza de Caperucita".

Al contrario que "En busca de Wonderland", cuyo adelanto podéis leer en la entrada anterior y que se trata de una historia completamente original, ésta "Venganza de Caperucita" está basada en el famoso cuento de Caperucita Roja que todos conocemos pero añadiendo un final alternativo, mucho más oscuro, en lugar del típico "fueron felices y comienron perdices". 
El relato completo se incluirá en el libro "La onomatopeya del ladrido" que se publicará en breve.

"La luz de la antorcha alumbró la figura del lobo, que salía casi arrastrándose desde un pequeño agujero en la pared de roca. Su pelaje estaba sucio y su cuerpo extremadamente delgado era sostenido a duras penas por cuatro finas patas temblorosas que parecían a punto de quedarse sin fuerzas con cada paso. Sus ojos, que relucían con el color de las mismas llamas que le alumbraban se clavaron en ella y una enorme boca repleta de dientes amarillentos se entreabrió.
—¿Has venido a regodearte en mi desgracia, niña? —dijo el lobo con una voz áspera y pesada.
—N… No —fue todo lo que ella se atrevió a decir.
—¿Y entonces a qué se debe tu presencia si no es para admirar lo que los humanos habéis hecho conmigo? Apenas soy una sombra de lo que fui, y todo gracias a la fama que tú y los tuyos me creasteis —dijo con una voz tan oscura como una tumba.
—Sé que no fuiste tú —acertó a decir Caperucita a pesar de su miedo.
El lobo pareció enmudecer y sus ojos se abrieron hasta adquirir una expresión de sorpresa que rápidamente volvió a convertirse en la calma amenazante característica de los de su especie.
—Eso ya lo sabía yo, niña. Solo que a nadie nunca se le ocurrió preguntar mi opinión.
—Porque todos te temen.
—¡Por supuesto que me temen! —aulló—. ¡Os habéis asegurado de que así fuera!
Caperucita dio un gran paso atrás, asustada por la furia del lobo y se encontró con la pared de la cueva. Instintivamente colocó la antorcha entre ella y el animal pero éste no pareció amedrentarse y se colocó tan cerca de ella que por fuerza debía de estar quemándose.
—Todo fue un plan del cazador —dijo Caperucita sollozando sin parar—. Se disfrazó de ti para impresionarme y quedarse conmigo. He sido su trofeo y su criada durante todos estos años.
El lobo retrocedió, alejándose de ella y del fuego.
—Entonces te repetiré la pregunta que te he hecho cuando has entrado aquí —dijo el lobo con más calma—. ¿A qué has venido a mi cueva, Caperucita? ¿En qué puede ayudarte este viejo y cansado lobo?
—Venganza —dijo ella con odio.
El lobo se relamió los dientes."

viernes, 28 de julio de 2017

Primer adelanto de "La onomatopeya del ladrido..."


"Entraron en la mansión con cautela, con las armas por delante y tratando de no hacer demasiado ruido, a pesar de que era obvio que si la puerta se les había abierto era porque alguien sabía que estaban allí. El interior estaba en penumbra y aunque no se encontraba especialmente desordenado, olía un poco raro. El tema de los olores era algo que uno no debía tener en cuenta viviendo en un escenario post apocalíptico de horror y supervivencia. Las industrias de los ambientadores y las fragancias en general no parecían estar muy en la labor de seguir con sus actividades y en cuanto a la higiene personal, si uno lograba encontrar agua limpia solía bebérsela y no meterse en ella para quitarse una mugre que seguro que en pocas horas volvería a estar allí. Encontrar un perfume o una pastilla de jabón en buen estado era algo para celebrar, solo superado por hallar comida en buen estado o un colchón no infestado de bichos en el que dormir.
 Apenas habían dado cuatro pasos cuando apareció ante ellos la figura delgaducha y algo encorvada de Villano, vestido con un elegante traje negro de esos con grandes mangas blancas asomando y una pajarita también blanca que le daba un aire alegre a su sombrío rostro anguloso.

—Bienvenidos a mi casa, viajeros —les dijo a ambos, aunque sus ojos no se despegaban de ella, ascendiendo y descendiendo sin parar desde los tobillos hasta las orejas definiendo perfectamente el contorno de sus caderas—. Hacía mucho tiempo que no tenía visitas no mutadas.

—Lo mismo le decimos, caballero —respondió el Hombre Alto, contento por encontrar a otro superviviente.

—No tenía nada preparado pero… ¿Les apetece cenar? Tengo algo de carne en la cocina.

Y antes de que pudiera terminar la frase, los dos visitantes ya estaban camino del comedor babeando todo el suelo. Preparó una mesa a la antigua usanza. Cubiertos de plata con servilletas de tela, copas de cristal y una jarra de agua turbia pero fresca. Ayudó a sentarse a la dama y se mostró gentil, amable y servicial durante todo el tiempo. La carne asada que sirvió era inidentificable, lo cual se agradecía en tiempos como esos y aunque su sabor era claramente de mutante, ninguno de los dos osó romper el agradable momento; ni siquiera cuando ella encontró una bala de su propia pistola clavada en el filete que estaba cortando.

—Y… ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí? —le preguntó él en un momento de descuido.

—Poco más de un año —respondió Villano—. Me salvé de la catástrofe mientras ayudaba a un niño que se estaba ahogando en una piscina. Al parecer el cloro del agua me puso a salvo del polvo mutazoide y pude conservar mi humanidad.

—¡Oh, que heroico! —dijo ella con la boca llena. Villano sonrió.

—Bueno… No es para tanto —le respondió Villano con modestia.

—¿Y a qué se dedicaba antes? —volvió a preguntar el Hombre Alto.

—Era… ehm… Poeta.

—¿Poeta? —preguntó la chica, ahora con menos comida en la boca.

—Así es —comenzó a explicar Villano—. Yo extraía la esencia misma de la vida, las cosas, los sentimientos, las emociones… plasmándolos en el papel a través de palabras.

—Fascinante… -dijo ella.

El Hombre Alto empezaba a sentirse mal por la presencia de ese hombre extraño que cada vez sonreía más. Realmente, la sonrisa de Villano al ver el interés que despertaba en la chica era tan amplia, que amenazaba con juntarse en su nuca y cercenarle la cabeza de un momento a otro.

—¿Y ahora? —siguió preguntando el Hombre Alto en busca de un punto débil de su anfitrión—. ¿A qué se dedica?

—Ahora, eeehhh… —Villano buscó en su cerebro algo que pudiera impresionar aún más que un poeta a una dama—. Ahora soy cowboy.

El comedor quedó en silencio durante unos segundos.

—¿Cowboy? —preguntó él extrañado. —¿Todavía quedan vacas vivas?

—No son exactamente vacas —aclaró Villano.—.Es simplemente ganado. Y yo me encargo de cuidarlo, alimentarlo y protegerlo.

El Hombre Alto enarcó tanto una ceja que ésta saltó de su rostro y se le quedó enredada en el pelo. Había algo extraño en esa historia y estaba dispuesto a averiguarlo.

—¿Y puedo ver esos animales si no es mucha molestia? — le preguntó.

—Por supuesto —respondió Villano con tranquilidad—. Incluso puedo dejar que los alimentes.

Villano dejó a la vista unos dientes no demasiado blancos pero impecablemente alineados en una sonrisa tensa como la cuerda de un arco."

Fragmento del relato "En busca de Wonderland" del libro "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp"

lunes, 24 de julio de 2017

¿Revisar o no revisar? He aquí...


*
La revisión de un texto es algo completamente necesario una vez éste está terminado. En la revisión se pulen detalles, se eliminan partes innecesarias o se añaden cosas que faltan. Es un proceso imprescindible para preparar cualquier obra antes de presentarla al público. Y aunque para algunos escritores sea un placer el poder repasar y retocar su obra, para algunos otros resulta una tarea tediosa, costosa y en la que cada palabra eliminada o añadida se convierte en una decisión trascendental que siembra dudas e inseguridad para siempre. Yo, por supuesto, me hallo en este segundo grupo.

En el momento de escribir estas líneas tengo mi segundo libro terminado, la portada casi lista, la maquetación en la fase final y solo me queda sentarme tranquilamente ante el ordenador y revisar. ¿Pero he dicho tranquilamente? La primera duda que me asalta es la de la potestad para modificar lo que escribí hace unos meses. ¿Qué me hace pensar que a día de hoy tenga mejor criterio para analizar mis textos del que tenia cuando los escribí? ¿Quién me asegura que no he perdido facultades y en realidad voy a estropearlo más? La segunda duda es sobre si realmente es necesaria una revisión. ¿Acaso la explosión de inspiración con la que lo escribí no era suficiente? ¿Supera mi ojo crítico a ese momento de creatividad? Y por último me encuentro con la duda acerca de cuantas veces se puede revisar un texto antes de enloquecer. ¿Tres, cinco, doscientas treintaycuatro?

Es por todas estas preguntas que seguramente quedarán sin respuesta para siempre que puedo asegurar que la revisión es mi parte menos preferida en esto de la escritura, aunque paso por ella porque soy consciente de que si luego vas a hacer pagar a la gente por eso que has escrito, que menos que haber padecido un poco en el proceso. Además de que el lector medio es capaz de detectar si eso que está leyendo es un texto pulido y cuidado o una serie de párrafos en bruto que conforman una historia más o menos coherente.
Y es que no hay que menospreciar al lector. Ni al lector ni a nadie, en realidad. Pero hay que tener en cuenta que esa persona que ha puesto dinero de su bolsillo para leernos, seguramente entrará a matar si el producto adquirido no cumple las expectativas y por ello, aunque son muchos los factores que hacen de un libro algo "aceptable", un texto bien revisado es lo esencial.

*Imagen robada (pero con buena fe) del blog de Jessica Davidson

jueves, 6 de julio de 2017

En la feria del libro de Alicante


Las ferias del libro, en general, son acontecimientos importantes para el sector librero/ editorial, ya que representan un escaparate al público que llega más allá de los lugares habituales, además de resultar un incentivo para las compras debido a los descuentos y/o regalos que se ofrecen. En cuanto a los autores invitados para firmar libros y darse a conocer, la cosa quizás no sea tan bonita como parece, y hablo con conocimiento de causa ya que en esta última feria del libro de Alicante acudí en ese rol y mis impresiones, aunque nada sorprendentes, creo que merecen ser comentadas aquí.

Uno de los stands de la feria

En primer lugar, decir que las ferias del libro "oficiales" están vetando cada vez más la entrada de autores autoeditados o que han publicado a través de pequeñas editoriales independientes. El motivo está claro: La publicación masiva y sin control de obras de toda índole rompe el orden natural con el que trabajan las editoriales, distribuidoras y librerias habituales. Yo logré colarme en la feria (como muchos otros, supongo) por interceder a mi favor uno de los libreros del gremio, el cual me hizo el favor de buscarme un hueco entre los autores invitados.

En segundo lugar, y una vez estuve instalado en la caseta correspondiente, hay que distinguir entre dos tipos de escritores: los visibles i los invisibles, también llamados "los que dan pena". Entre los visibles tenemos a autores con cierto renombre, con el apoyo de grandes editoriales o los oriundos de la zona, los cuales atraen a cierto número de amigos/ seguidores que les muestran su apoyo. En sus casetas suele haber gente, se firman libros, se hacen fotos y se dan apretones de manos. Entre los escritores que dan pena me encontraba yo, solo en mi caseta viendo pasar a la gente por delante sin que sus ojos se percataran de mi existencia.
Pero ser uno de los invisibles no es algo de lo que apenarse. Es normal teniendo en cuenta que la mayoría de personas que acuden a una feria del libro solo están de paso o ya saben qué van a comprar o por lo menos tienen una idea aproximada de qué es lo que buscan. Son pocos los que se acercan en busca de algo nuevo que descubrir, como por ejemplo un librito no demasiado llamativo de un autor con cara de pena y totalmente despeinado. Por cierto, el tema cabello de escritor es un tema a tratar aparte, pero quizás me anime en una futura entrada.

Aquí algunas de las personas que no compraron mi libro.

Y en tercer lugar y a modo de conclusión, decir que esperaba ese resultado, aunque a pesar de ello me quedó un sabor raro en laboca, no diré que malo, pero si que tuve la sensación de haber perdido una hora sentado en esa silla a pesar de la sensación de oír mi nombre anunciado por megafonía, la gente que se paró a hablar conmigo (pocos, pero los hubo) y el hecho de haber participado en una feria del libro que ni siquiera sabía que existía unas semanas atrás.

¿Repetiría? Por supuesto. Aunque la proxima vez, si la hay, apareceré montado en un monociclo y haciendo malabares con antorchas a ver si así alguien se percata de mi existencia.

Nota: Las imágenes estñan sacadas de la página web de Diarioinformación, por supuesto sin su permiso, aunque espero que no les moleste.

sábado, 1 de julio de 2017

El crimen de dejar un libro a medias

*
Parece ser que existen ciertos tabúes con los libros y la literatura que algunos utilizan como si de normas férreas se tratara cuando en realidad, no hacen más que emponzoñar un acto íntimo y personal como es el de leer. Y uno de esos tabúes, con el cual me he encontrado muchas veces, es el de sentirse con la obligación de terminar todo libro que se empieza.

"Yo hace tiempo que no leo porque empecé un libro, no me gustó y lo tengo allí esperando en el cajón de la mesita", "hasta que no termine el que tengo entre manos... pero es que no me está enganchando nada", "me recomendaron un libro buenísimo pero es que se me ha atragantado y voy a tener que empezarlo otra vez a ver si mejora..." son frases que he oído y seguro que no he sido el único. Frases que me dan pena porque son síntomas de la escasa cultura literaria que tenemos, al ver (y mostrar) los libros como obligaciones más que como simples formas de entretenimiento. ¿Porque cuantos hemos dejado a medias una pelicula o videojuego sin que nos haya supuesto un motivo de vergüenza o desasosiego? "Es que esa peli era un rollo" o "no me van ese tipo de juegos y he empezado otro" son frases también comunes y que apelan a mucha más naturalidad. ¿Por qué no hacer lo mismo con los libros? Quizás porque los dotamos de un simbolismo que en realidad no poseen.

Hay libros malos, escritores malos, libros y escritores buenos pero que escriben para un público que no somos nosotros... Hay momentos en la vida para cierto tipo de literatura e incluso momentos para ninguna literatura o para toda. Yo he pasado largas temporadas sin leer nada en absoluto y otras en las que devoraba cualquier libro que caía en mis manos, pero incluso en esos momentos de èxtasis lector, he tenido que dejar a medias algunos. Lo más llamativo me sucedió con una novela llamada "Oscuro como la tumba en la que yace mi amigo", de Malcom Lowry. La vi por casualidad en mi librería y me llamó poderosamente su título ya hacía poco que había fallecido un amigo mio y me resultó muy evocador. No sabía que ese autor era precisamente famoso por lo lenta y densa de su escritura. Tuve que dejarlo con apenas cuarenta páginas leídas. Y reconozco que no me sentí del todo bien aparcandolo en una estantería, pero no quería sacrificar futuras lecturas por empecinarme en terminarlo. Hace poco, quince años después de habero abandonado, decidí quitare el polvo y darle una segunda oportunidad; pensé que la madurez me permitiría disfrutarlo como no supe hacerlo con veintipocos, pero no. Seguía pareciéndome un tostón. Aunque esta vez no sentí tanta tristeza. Malcom Lowry es considerado un gran escritor, pero sin duda no escribe para mi.

Es por ello que me gusta repetir, cuando tengo ocasión de hablar frente al público, o como ahora a través de este blog, que tener unos hábitos de lectura sanos es algo muy importante, como no leer con la tele puesta o en la cama después de un día agotador, pero que a veces saber cuando retirarse ante una lectura no provechosa, puede ser una buena opción, nada reprobable y que quizás nos abra la puerta a otra lectura más adecuada... O si no, siempre podemos retomarla en quince años a ver qué pasa.

*Ilustracion del libro Bibliomanía, para la editorial Gadir.

miércoles, 14 de junio de 2017

La importancia de escribir ficción



A menudo me encuentro con personas que se muestran muy interesadas en lo que escribo o leo y me preguntan sobre qué escribo o de qué va eso que tengo en las manos. Son preguntas sencillas que sin embargo, a veces resultan difíciles de responder debido a los matices que existen dentro de un mismo género, pero siempre, o casi siempre, me parece detectar cierta decepción cuando pronuncio la palabra “ficción”. Sé que no es algo generalizado, pero hay mucha gente que lo consideran un género inferior y hay quien incluso me responde con cierta soberbia que lo que a él/ ella le gusta es la historia o, en su defecto, leer biografías de personajes históricos. No suelo responder, pero sí me hace pensar en que todavía estamos muy condicionados por lo que nos han definido como “ficción” y “realidad”, así que voy a hacer un pequeño apunte sobre estos términos.

La ficción está en todas partes. Los libros de historia están llenos de ella. ¿Habéis oído alguna vez la frase “la historia la escriben los que ganan las guerras”? Pues tiene mucho más sentido y es mas literal que lo que algunos piensan. La historia que estudiamos en el colegio es pura ficción; es una novela basada en hechos reales que ha edulcorado y maquillado tanto la realidad que ha dejado de serlo. Recuero ahora mismo un artículo que leí hace poco sobre el Cid Campeador, ese héroe cristiano que expulsó a los moros de España y se convirtió en el mayor héroe patrio del cristianismo. Según ese artículo escrito por un historiador neutral (y que conste que no he podido contrastarlo ni asegurarme de su veracidad, pero lo uso como ejemplo por el contraste con la historia oficial), el Cid fue el líder de una banda de mercenarios sin moral ni escrúpulos que alquilaban sus servicios al mejor postor, luchando contra moros y cristianos por igual. Según decía tal artículo, el Cid habría matado a más cristianos que moros pero una casualidad temporal le situó en el bando cristiano en el momento adecuado y se convirtió en el héroe que hoy conocemos.
Otro ejemplo de ficciones camufladas son, como he dicho antes, las biografías que nos muestran las vidas de personajes de toda índole cargadas de aventuras, sabias decisiones y frases que hacen historia. ¿Debemos creérnoslo? Por supuesto que no. Me niego a creer que alguien como Albert Einstein, que era un matemático que según dicen siempre vestía igual para no perder tiempo pensando qué ponerse y así estudiar más, tuviera una vida emocionante. ¿Y porqué inventarse la vida de los demás? Muy simple. Para dotarla de atractivo y que el mundo se interese por ella. Y así, en ambos ejemplos, sea El Cid o Einstein, es necesario escribir ficción para hacer de sus existencias algo más allá de lo mediocre.

Yo escribo ficción. Y lo hago por que soy un mal escritor y se me da mejor inventar historias que escribirlas. Tratar de documentarme y transformar algo aburrido como la vida de un matemático en una lectura interesante me resulta imposible. Pero contar historias es sencillo, una vez creadas. Y no dejo de preguntarme qué sería de la humanidad sin la ficción, ya no solo a nivel entretenimiento sino también en lo que representa nuestra cultura y, porqué no decirlo, la evolución de nuestra especie. Y aunque no quiero alargarme demasiado con este tema, creo que es necesario indagar en este tema.

Estoy seguro de que los hombres de las cavernas basaban buena parte de su tiempo libre en la ficción. No me creo que unas gentes que vivían en cuevas y se juntaban junto a una hoguera todas las noches no crearan historias fantásticas para entretener a los suyos a la espera de que se inventara la televisión. Imagino cacerías trepidantes, seres gigantescos y recuerdos ficticios de grandes cazadores legendarios. Estoy seguro de que el ser humano evolucionó, creció y se expandió en parte gracias a estos cuentos que alimentaban la imaginación y las ansias de ser mejores y llegar más lejos. Y a partir de ahí, la ficción no solo fue un entretenimiento sino que se asimiló como parte de la vida misma, fundiéndose con la realidad. El amor, la religión… Ficción encarnada en nuestra cultura y nuestro ser para elevar nuestras existencias más allá de lo que en realidad somos, que no es otra cosa que monos sin pelo que han perdido el norte.

Y no quiero alargarme más. Sólo decir para terminar que escribir/ leer ficción es importante, pues nos hace soñar, nos abstrae de nuestra cotidianeidad y quien sabe, quizás sirve para aportar nuestro granito de arena en la historia universal de los humanos del futuro.


domingo, 4 de junio de 2017

Sobre los libros de "verdad"





Aunque escribir es algo que a día de hoy, afortunadamente sabemos hacer todos, no deja de ser una acto íntimo, ya sea escribir grandes poemas desde lo más profundo del alma hasta la lista de la compra antes de salir de casa. Es rara la gente que escribe de forma pública, ya sea en blogs, revistas o cualquier otro tipo de publicación. Es por ello que cuando alguien se entera de que he publicado un libro, suele generarle cierta sorpresa, generalmente a un nivel de simple curiosidad y no tan habitualmente con una magnitud mucho más desproporcionada.

Hace muy poco una persona con la que suelo cruzarme habitualmente en el trabajo me preguntó sorprendido si era verdad eso que decían por ahí y cuando se lo confirmé no pudo contener su asombro y me preguntó si lo que había escrito en el libro me lo había inventado yo. No supe qué responder. Del mismo modo me han preguntado si he escrito un "libro de verdad" o si es "un libro de librería". Realmente todas estas preguntas no hacen más que generarme dudas. ¿Cómo son los libros de mentira? ¿Son esos que los abres y en lugar de páginas ocultan una petaca de whisky? ¿Y qué tipo de libros no se venden en librerías? ¿Hay libros de charcuterías o droguerías?

La conclusión que saco de todo esto es que para las personas que no tienen costumbre de escribir o leer , el mundo editorial les resulta algo tan lejano, que incluso un autor marginal como yo se les antoja todo un héroe de la cultura y el saber. Pero ciertamente, si uno se asoma un poco a este mundillo se da cuenta de que la realidad es muy distinta, ya que existe una sobresaturación de autores, editoriales y sobretodo títulos, que por suerte o por desgracia nos caen encima como una avalancha cada vez que intentamos bucear un poco por la red.
Hace muy poco leí un artículo-denuncia en el que algunas editoriales pequeñas se quejaban de que las habían excluido de la gran Feria del Libro de Madrid, con la excusa de que la autoedición no tenía cabida en esa feria. ¿Está mal? Por supuesto. ¿Me extraña tal comportamiento? No demasiado. Y el motivo es que la cantidad de pequeñas editoriales, autores que se autoeditan y otras que han crecido al margen de la industria de libros convencional son tantas, que amenazan con desestabilizar el sistema que hasta ahora impera en este pequeño gran mundo de los libros.

Las librerias agonizan, dicen. Los grandes autores no llegan a las ventas esperadas, nos cuentan. El libro electrónico está acabando con las publicaciones en papel, nos alarman... Pero lo cierto es que las nuevas tecnologías han abierto una puerta a nuevos (y no tan nuevos autores) que aparecen como setas tras un día lluvioso y que presentan obras de tanta o más calidad que los que venden millones de libros y se anuncian con vistosos carteles. Y teniendo en cuenta esto, es normal que los grandes dinosaurios como es el caso de Planeta, vean amenazada su superioridad y se defiendan torpemente publicando libros de rentabilidad asegurada (biografías de famosos, novelas escritas de cualquier manera por youtubers o twiteros famosos, libros de autoayuda...), convirtiéndose en la pes(c)adilla que se muerde la cola.

Así pues y resumiendo lo arriba dicho: Aunque cause sorpresa entre algunos el hecho de escribir (y publicar), si uno echa un vistazo rápido puede comprobar que no es tan raro ni admirable, y que al final lo único que debemos hacer es centrarnos en qué nos gusta y averiguar como encontrarlo, independientemente de que nos restrieguen ciertos títulos y autores por la cara cada vez que vamos a unos grandes supermercados o librerías famosas. En definitiva, los tiempos están cambiando, tanto para las editoriales, los autores y como no, los lectores.

jueves, 18 de mayo de 2017

...aunque suene a despedida.


Algo que suelo decir en las presentaciones y cuando alguien me pregunta el porqué publiqué mi primer libro “Textos de Mediocridad e hiperrealismo”, es que éste libro ha sido como cerrar una puerta detrás de mi para poder abrir otra y seguir avanzando. Puede sonar poético o metafórico, pero en realidad no lo es tanto.

Todo el contenido de este libro forma parte de momentos especiales o significativos de mi pasado y como me gusta pensar, el pasado está ahí para ser recordado pero también dejado atrás. Es por este motivo y porque al final todo tiene que acabar, que he decidido que ha llegado el momento de avanzar, dejar “Textos de mediocridad e hiperrealismo” atrás, y ponerme manos a la obra con mi siguiente libro, el cual no tendrá mucho que ver con éste primero, pero que espero que guste igual o más a quien decida leerlo. Pero no nos adelantemos a acontecimientos.

He pensado que la mejor forma de despedir un libro (o al menos su promoción activa) es dándole un lavado de cara, mejorar su contenido y acabado y como no, ponerlo a la disposición del mayor número de personas posible. Para ello, he sacado una segunda edición, con nueva maquetación y algunas páginas extra, la cual solo estará disponible en versión digital (pdf, epub y mobi) y que se halla alojada en Lektu, una plataforma que si no la conocéis os invito a echare un ojo pues tiene gran cantidad de libros digitales y físicos de autores independientes y pequeñas editoriales. Y para conservar la idea inicial de dar a conocer mi libro de forma gratuita, le he puesto un precio libre (paga lo que quieras) para que los curiosos o los que ya tenéis el libro, no os sintáis con la obligación de tener que pagar dos veces por lo mismo. Por supuesto, cualquier donación será bien recibida.

En cuanto al libro en papel de la primera edición, puede ser adquirido hasta fin de existencias en dos librerías tradicionales que son La Faràndula en Novelda (Alicante)y Espai Cultural Guaix en Amposta (Tarragona) al precio de 8€. Del mismo modo y para quien sea de otras partes del país, puede adquirirse en formato físico también en la tienda online Dosdediez.

Y nada más. Con esto dejo atrás una de las etapas más fantásticas de mi vida. Fantástica por las emociones vividas, la gente conocida, los miedos superados y por supuesto todo lo que he aprendido. Muchas gracias a todos los que habéis formado parte de estos y nos vemos muy pronto.

domingo, 30 de abril de 2017

Sant Jordi 2017


El día del libro siempre ha sido una fecha especial, como lector y también por mi afinidad con cierta librería ya desaparecida de mi localidad natal, a la cual tuve oportunidad de ayudar con el tema preparativos de una fecha tan señalada y complicada. Pero aparte de todo esto, este Sant Jordi de 2017 ha representado algo mucho mayor para mí al tratarse del primer año en el que acudía como autor, invitado por una librería local (la sustituta de la nombrada anteriormente) para firmar ejemplares y promocionarme un poquito. Pero casi mejor me dejo de introducciones y voy al grano.

Mi humilde rinconcito
Espai cultural Guaix” es una librería atípica, ya que posee también una sección de cafetería creada con la intención de incentivar la lectura aprovechando la adicción a la cafeína que la mayoría de nosotros sufrimos; desconozco si es un formato habitual en grandes ciudades pero desde luego en el pueblo es la primera vez que veo algo así. Una vez allí fui atendido por su responsable, la cual fue capaz de prestarme algo de atención a pesar de lo atareado del momento, montando mesas y atendiendo a los primeros clientes. Y no estuvo mal la mañana, en la que me encontré con viejos amigos y conocidos, vendí algunos libros y sobretodo, pude hablar de este bonito mundo de la literatura con personas, como no, mucho más experimentadas que yo.
 
Espai Cultural Guaix
Nada más llegar, compartí mesa con Vicent Pellicer, un escritor-poeta-fotógrafo (no sabría como definirlo) con muchos libros y experiencia a cuestas y que supo darme buenos consejos sobre como empezar con mi “carrera” en esto de la escritura. Más tarde apareció Marina Pallás, periodista y escritora con quien me sentí muy cómodo (no sé que tienen los periodistas que cautiva tanto) y pudimos charlar sobre lo que escribimos y hacemos en la vida.

Aquí ya empezaba a dolerme el brazo de tanto dedicar libros
Después de comer tocaba cambiar de escenario y las chicas de la librería Viladrich (una de las más veteranas me atrevería a decir que de todo el país) me hicieron un hueco para que me colocara con mis libros a pesar del lío que tenían montado. Y es que la plaza del castillo, que era ese nuevo escenario, era un hervidero de gentes ávidas de literatura, puestos de venta y autores ambulantes con mochilas llenas de libros. Una vez allí reconozco que me sentí un poco insignificante, pues descubrí que ser un autor independiente y desconocido en medio de una feria del libro (incluso una pequeñita como aquella) es como ser una piedra en el fondo de un barranco, de noche y lloviendo: nadie te ve. Pero como solo se vive una vez, no somos nadie y cuando crees que me ves hago chas, decidí levantar el culo de la silla y ponerme a repartir tarjetas a cuantos incautos se me acercaran. Libros no vendí demasiados, pero mi nombre, el de mi libro y mis direcciones web están en más de cincuenta carteras y bolsos de todo el pueblo.
 
Con las chicas de Viladrich, con las cuales no pudo el estrés.
Finalmente, y después de varios encuentros adicionales e inesperados con viejos amigos, recogí mis cosas y me marché, aprovechando para pararme a hablar con Rafel Durán, una autor local y también editor que lo está petando con “Pau” una novela de temática erótica la cual tuvo el detalle de cambiarme por mi libro y de la cual tengo pensado hablar en breve. Y no solo nos intercambiamos libros como futbolistas camisetas, sino que hablamos de cosas interesantes, entre ellas la de editar juntos mi próximo libro, lo cual vista la calidad de su “Pau” me llena de ilusión y me da más fuerzas para seguir adelante.
Y ya como resumen final: Un gran día. Inolvidable por muchos aspectos y que espero que no sea el último.

sábado, 15 de abril de 2017

Ser o no ser: Escritor



No me gusta utilizar el término “escritor” para definirme. Puede que haya publicado un libro y que quiera seguir haciéndolo en un futuro, pero definirme como escritor solo por ello me parece una exageración. No es que tenga nada en contra de esa palabra, pero en los pocos meses que llevo relacionándome con editores, libreros y demás, me está dando la sensación de que llamarse escritor está siendo utilizado más como un elemento de glamur que como un apelativo real de quien escribe. Me parece que muchos se cuelgan ese título como el que se pone un sombrero para estar más guapo y creo que ese no es un camino a seguir. Pero antes de continuar, voy a entretenerme en las distintas definiciones de la palabra.

escritor, ra
Del lat. scriptor, -ōris.
1. m. y f. Persona que escribe.
2. m. y f. Autor de obras escritas o impresas.
3. m. y f. Persona que escribe al dictado.
4. m. y f. desus. Persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.
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Según la Real Academia Española (sí, soy fan de esta gente) tenemos cuatro definiciones de “escritor”. La primera no deja lugar a dudas: Si sabes escribir, eres escritor; al igual que si sabes nadar eres nadador y si duermes eres un durmiente. ¿Debería alguien colgarse una medalla por ello? A mi juicio no, pero por suerte no soy el único ya que la gran mayoría de personas se basan en la segunda definición “autor de obras escritas o impresas” para hacerlo. ¿Pero puede llamarse escritor alguien que ha publicado un libro, revista o artículo en un periódico local? Técnicamente sí, pero deberíamos tener en cuenta algunos matices.
En primer lugar hay que darse cuenta de que el mundo editorial ya no es lo que era (y no digo que haya ido a peor, sino que ha cambiado) ya que si hace unos años los únicos que veían sus obras impresas y en las estanterías de las librerías eran los elegidos por las grandes editoriales, hoy en día esto ha cambiado. Gracias a la aparición de pequeñas editoriales independientes y de las herramientas de edición e impresión online, cualquiera puede ver su idea convertida en libro con un mínimo esfuerzo e inversión monetaria. A causa de ello (repito que no lo digo de forma negativa ni peyorativa), decenas de cientos de libros que jamás habrían visto la luz, aparecen en catálogos online, pequeñas librerías y de la mano de sus autores en presentaciones, ferias y demás. ¿Significa esto que cualquiera puede llamarse escritor sin titubear? Por supuesto, pero sin olvidarse de que la palabra, aunque no haya sufrido cambios de por sí, está muy sobrevalorada.
Y es que los escritores forman parte de un colectivo que sigue siendo muy valorado entre la población. Hace medio siglo cuando alguien afirmaba ser músico, escultor o periodista, era automáticamente elevado a un estatus superior por dedicarse a algo que estaba fuera del alcance de los simples mortales; hoy en día tenemos reguetón, arte moderno y prensa rosa, con lo que tales profesiones son tratadas con mucha más cautela; pero decir “Hola me llamo Fulano y soy escritor” sigue manteniendo esa aura de majestuosidad.
A todo esto y a lo que iba con esta pequeña reflexión, es a que a pesar de que yo cumplo con tres de las cuatro acepciones que nos da la RAE para ser escritor de pleno derecho, no me gusta definirme así. Sé escribir, me he auto editado un libro y en el colegio escribí muchos dictados, pero no me parece justo definirme con un término tan bonito. Normalmente en conversaciones casuales no saco a relucir mi “hazaña” de tener un libro y si es el caso me defino como “autor” del mismo y no como “escritor” a grandes rasgos. De todos modos, si nos ponemos serios podemos buscar definiciones que definen (toma redundancia) a los escritores según el género que escriben con lo que podríamos desglosar la escritura en cinco ramas que son poesía, novela, ensayo, cuento y teatro, siendo sus autores poetas, novelistas, ensayistas, cuentistas y dramaturgos respectivamente. Teniendo en cuenta esto y en mi caso concreto, si alguien me preguntara algo al respecto debería responder que soy un cuentista, término más concreto y mucho menos pomposo que el de escritor.
Y así a modo de conclusión, repetiré que no me importa demasiado qué hagan los demás con sus calificativos, pero que a mí, personalmente, no me gusta utilizarlos así tan a la ligera ya que me parece una muestra de soberbia de la que puedo prescindir. Y que lo de cuentista, pensándolo bien, no me sienta tan mal.

lunes, 13 de marzo de 2017

Presentación en La Farándula





El pasado viernes acudí a la Librería Farándula, de Novelda para realizar la segunda presentación de mi libro, en lo que esperaba que fuera un ambiente distendido y familiar pero que a la vez me permitiera darme a conocer a personas fuera de mis círculos. Debo decir que a diferencia de la vez anterior en la que me presenté casi sin previo aviso al lugar, ésta vez llevaba detrás una pequeña campaña de márquetin a base de entrevistas en radio y televisión local, así como cartelería y difusión en redes sociales, además de contar con que La Farándula es una librería con gran reconocimiento a nivel provincial y casi me atrevería a decir que nacional.

Aparecí por allí un buen rato antes para familiarizarme con el entorno y respirar hondo, momento que aproveché para tener una pequeña charla sobre el mundillo literario con Augusto, el propietario del local, un hombre de apariencia seria pero jovial y muy hablador. Y debo reconocer que la conversación me resultó cuanto menos desmoralizadora. Yo tenía bastante claro que el mundo editorial tradicional estaba encontrando en internet un gran rival y que ello sumado a la proliferación de pequeños editores así como autores independientes, entre los cuales me hallo, estaban obligando a las grandes editoriales de toda la vida a adaptarse no con pocas dificultades. Lo que no tenía ni idea era que algunas de estas editoriales (Planeta, Anaya, etc…) estaban sumidas en verdaderas crisis, reduciendo plantilla, cerrando chiringuitos aquí y allá y realizando maniobras desesperadas para subsistir, perjudicando con ello, como no, a las pequeñas librerías.
Un panorama nada halagador para las librerías ni para los que como yo, preferimos elegir un libro aconsejados por el criterio de los profesionales del sector a acudir a los carteles de “Top ventas” del Carrefour. Pero se hacía tarde, la gente empezaba a llegar y era hora de posicionarse.


A las ocho y media en punto comenzó a entrar gente en el lugar. Reconocí a familiares, amigos, familiares de amigos y amigos de familiares, pero me sorprendió mucho el ver que al empezar la presentación no había ninguna cara desconocida para mí. El lugar estaba lleno de una forma más que aceptable, con casi todas las sillas ocupadas pero con un enorme vacío en el lugar que debería haber sido completado por personas convocadas por los medios. ¿Realmente nadie se había fijado en los carteles, la tele, las redes sociales..? ¿Realmente la literatura, incluso la de un autor desconocido atrae tan poco al público? Sentí cierto desánimo ante tal hecho pero tampoco estaba dispuesto a dejar que eso me afectara y comencé con lo mío.

Había preparado una presentación atípica, de pie en lugar de sentado, sin presentador y sin un guion escrito sino un esquema con puntos sobre los que improvisar. No era la primera vez, así que confié en salirme con la mía y empecé hablando de astronomía y de la probabilidad de extinción de la raza humana por la colisión de un asteroide y con ello el sentido que tenía preparar concienzudamente la presentación de un libro. Quizás me pasé porque lo que pretendía que fuera gracioso desconcertó un poco al público que no sabían qué cara poner. Luego pasé a los agradecimientos, en un tono más formal y a mi auto presentación, de nuevo en tono humorístico y que arrancó las primeras carcajadas de la audiencia. La cosa comenzaba a funcionar, los nervios se dispersaron y seguí a lo mío, intercalando momentos de humor con temas serios, la lectura de una poesía por parte de mi hija de siete años y explicando anécdotas que poco tenían que ver con el libro pero que entretuvieron a los asistentes hasta el final.


Cuando todo acabó recibí un aluvión de felicitaciones más dedicadas a lo inesperado del evento que a mi talento personal para ello, pero que me resultaron halagadoras hasta un punto peligroso, ya que cuando a uno le hinchan demasiado el ego corre el riesgo de perderse por las nubes. Pero la emoción duró lo justo, firmé algunos ejemplares vendidos y me retiré con la satisfacción de haber dado lo mejor de mí y haber recibido a cambio lo mejor de un público escaso pero más que suficiente.
Ojalá se repitiera pronto, o más tarde, pero pudiera tener la ocasión de volver a empuñar el micrófono y poder abrirme ante el público ya que resulta una experiencia sumamente liberadora en muchos sentidos. Y ahora, como cierre voy a copiar la crítica que me hizo Augusto como crónica de lo que había sido el evento ya que me resultó realmente emocionante.

Hay noches en las que una chispa inesperada prende en el espacio de nuestra librería iluminándola de una magia especial.

La presentación esta noche del libro de Josep Casanova, "Textos de mediocridad e hiperrrealismo" nos ha sorprendido y encantado.

El propio autor del libro ha sido el presentador de su obra. No ha necesitado a nadie más para hacerlo. Habría ensombrecido la ingeniosa y divertida manera con la que lo ha hecho. Josep Casanova, no sólo es un escritor en ciernes con un talento que si quiere le hará llegar lejos, es también, si decidiera ponerse a ello, un monologista dotado de un humor fino e inteligente que arranca la carcajada fácilmente, aunque dejando un poso de maliciosa ternura.

Os invitamos a sumergiros en la lectura del libro de Casanova.

"Textos de mediocridad e hiperrealismo", os sorprenderá, os entusiasmará, os convencerá.

No tenéis nada que perder y mucho que ganar.”

martes, 14 de febrero de 2017

La importancia de la voz y el tono



 
"Escritor pensando" de Leonid Pasternak
Siempre me ha gustado comparar la literatura con la pintura. En realidad me gusta compararla con cualquier forma de arte, ya que el arte es expresión pura, pero quizás sea la pintura la que mejor pueda compararse con lo que quiero explicar hoy.

Para el pintor nefasto, como es mi caso, cerrar los ojos e imaginar una bella imagen (soy bastante propenso a imaginar bellas damas cabalgando sobre blancos corceles hacia el ocaso) puede resultar sencillo. Pero abrir los ojos frente  a un lienzo en blanco y plasmarla tal y como se había imaginado, puede ser una tarea imposible. ¿Por qué? La respuesta es tan sencilla como que al ir a ejecutar nuestra obra debemos pasar de un plano puramente mental (imaginar) a uno puramente físico (pintar) y ese trasvase de talentos no siempre es posible sin haber adquirido una técnica previamente. Pero volvamos a la escritura.

Escribir resulta fácil para cualquiera de nosotros. A todos nos han enseñado a escribir desde muy pequeños (demasiado diría yo), mientras que no sabemos nada de otras expresiones artísticas. Pero incluso la escritura y la lectura nos son enseñadas de forma mecánica, con la intención de memorizar y transcribir textos. Eso nos deja algo alejados de las expresiones artísticas, pero no es tan complicado “despertar” la escritura como expresión de ideas. En mi anterior entrada hablé de la búsqueda de la inspiración y en ésta daré alguna clave para convertir esas ideas en textos.

Lo primero que debemos tener en cuenta es que en el largo camino que va de nuestro cerebro hasta nuestra mano de sostener el bolígrafo, las ideas pueden atascarse, mutar y acabar expresando algo que no deseamos o no de la forma que deseamos. Es muy fácil dar por supuestos pequeños detalles que al omitirlos creen cierta confusión en el lector y que éste acabe desistiendo de leer nuestro texto, así como dar un exceso de información que acabe aburriéndolo. Y eso es algo terrible. Por eso existe la voz y el tono.

Podéis llamarlo truco o podéis llamarlo técnica, pero lo cierto es que es esencial que cuando escribimos un texto, sea ensayo o ficción, nos imaginemos sentados en una tranquila terraza (u otro enclave) explicándoselo a un conocido nuestro. Puede parecer una tontería, pero el hecho de poner nuestra voz al texto y buscar la forma de que esa persona (vale cualquiera, desde un familiar a ese amigo del cole que hace tanto que no vemos) hará que escribamos de forma clara y concisa. No queremos que esa persona se aburra con detalles excesivos ni que  se pierda nada por culpa de resúmenes excesivos. De este modo escribiremos con consciencia de crear un texto comprensible y por lo tanto estaremos un paso más cerca de tener éxito. Luego, por supuesto, queda mucho camino por delante, pero eso ya lo explicaré más adelante.