miércoles, 18 de enero de 2017

De nervios y presentaciones

NOTA: Esta entrada fue publicada en El Día Del testículo el 26 de octubre de 2016
 
A veces a uno le pasan cosas, y otras veces se las busca. Y a veces incluso le pasan cosas porque se las ha buscado pero como sin querer. Y fue en esta coyuntura extraña donde me encontré este fin de semana, sentado en una mesa ante una abundante audiencia, micrófono en mano y con una tenue luz iluminando mi careto. Pero vamos a hacer memoria, que estoy empezando por el final.
Como ya sabréis, queridos lectores del blog, hace cosa de un mes y medio publiqué mi primer libro, llamado “Textos de mediocridad e hiperrealismo” impulsado por alguna fuerza interna que me pedía algo de individualismo en medio de una vida en la que no hacía más que recibir órdenes y llevarme collejas y bofetadas. No fue un proceso fácil, ya que por mi falta de tiempo y recursos logísticos, tuve que trabajar sólo frente al ordenador y encargarme no solo de seleccionar los relatos, poesías y demás que formarían el libro sino de revisarlos, corregiros, maquetarlos, buscar una imprenta (online, claro) y cruzar todos los dedos de mi cuerpo esperando a que todo esto no resultara en una enorme pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. Pero no. La cosa salió bastante bien.
El libro se publicó, la gente se lo descargó en este mismo blog, algunos compraron su edición física y comencé a recibir críticas de toda índole con una notable inclinación hacia lo positivo. Y como ya se sabe que cuando a uno le alaban se vuelve un poco idiota, en un arranque de confianza decidí plantarme en mi pueblo natal (el otro), mover algunos contactos del mundo literario y organizar una presentación de esas de verdad, como los escritores de verdad que escriben libros de verdad. Y aunque técnicamente todo eso sería perfectamente aplicable en mí, no tardé en arrepentirme de haber tomado tan precipitada decisión.
No era la falta de confianza en mi libro. De hecho, eso era lo que me había llevado allí. El problema era la falta de confianza sobre mi propia persona. Yo, un tipo tímido que tartamudea a la mínima y que se queda paralizado cuando le miran más de dos personas a la vez, me había embarcado en algo que, aunque no iba a ser gran cosa para los posibles asistentes, superaba en mucho cualquiera de mis expectativas de consecución. De pronto me sentía como un pingüino que tuviese que cruzar el desierto (o como un chacal en el polo sur, que viene a ser lo mismo) y con la cosa ya anunciada como estaba, no parecía haber marcha atrás.
Y llegó el día. Os diría que esa noche no dormí pero sería irrelevante ya que llevaba como veinte noches sin pegar ojo. La gente me mandaba mensajes diciéndome que nos veríamos allí creyendo que así me animaban cuando en realidad me estaban hundiendo aún más en el barro negro y maloliente de mi desesperación. Había llegado mi fin, y además sería en público. Y seguro que alguien lo grabaría en video y lo subiría al yutube en plan “Gilipollas se muere en la presentación de su propio libro”.
Pero antes de seguir debo decir que estaba bien acompañado. La encargada de hacer mi presentación (la de mi persona) y leer algunos de los relatos del libro era Clara Salvadó, ex librera y una de las mayores personalidades en el tema literatura de la zona; mientras que el lugar elegido era el Llar, un bar/ sala de exposiciones dedicado a la cultura en general tal como conciertos, presentaciones, talleres, cursos… con un patio acogedor y un ambiente distendido a más no poder. Además del público entre el que contaba con viejos amigos, familiares… El único problema allí era yo, que me sentía tan inestable como un reactor nuclear ruso.

Entonces la cosa comenzó. Las luces se apagaron, Clara me hizo una presentación realmente emotiva y la gente escuchaba en silencio. Leyó una de las poesías, “Lugar” para ser más concretos, y me pasó el micrófono. Una gota de sudor resbaló por mi sien, esquivó mi oreja y llegó hasta la barbilla, donde decidió independizarse de mí y se arrojó sobre mi pantalón, falleciendo en el acto. Pero entonces pasó algo mágico. O al menos extraño. Fuera por el influjo del micrófono, que vuelve un poco artistas a las personas o porque mis nervios habían alcanzado tal punto de tensión que se quedaron en estasis, las palabras comenzaron a fluir de mi boca y fui capaz de pronunciar mi discurso de memoria y sin titubear. La gente reía y aplaudía, lloraba y saltaba en sus sillas y por un momento llegué a pensar que ya me había desmayado, golpeado con el canto de la mesa y que lo estaba soñando todo de camino al hospital. Pero no. Lo estaba haciendo bien. 

Finalmente Clara leyó uno de los relatos, llamado “De silencio y tiempo”, el cual arrancó algunas risas y exclamaciones por igual entre los oyentes, cosa que me llenó de orgullo (y satisfacción) hasta que pasé a la parte de publicidad, expliqué una última anécdota graciosa y todavía no había dicho adiós cuando me vi sorprendido por una avalancha de  gentes que venían a que les firmara el ejemplar que acababan de comprar. Y cuando digo avalancha lo digo desde el punto de vista de alguien que está sentado y se enfrenta, boli en mano, a una cola de gente que se pierde más allá del campo de visión. 
El resultado final de toda esta experiencia: Muchos libros vendidos (todos los que había llevado, de hecho), la alegría de haberme visto capaz de superar mi miedo escénico, aunque fuera con ayuda, las ganas de seguir escribiendo y como no, la sensación de que sí me desmayé golpeándome la cabeza y sigo en un hospital, debatiéndome entre la vida y la muerte con una sonrisa rara del que está soñando algo bonito.

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